lunes, 15 de enero de 2018

De Praia a casa y el viaje se acaba.

La vuelta desde Tarrafal nos dejó muy buen sabor de boca y ganas de tener más tiempo de descubrir el interior de la isla. Con el cuerpo aplastado tras un trayecto en aluguer en el que iban más personas de las que nunca hubiéramos imaginado, llegamos a Praia donde Éric estaba deseando llegar para bañarse en la piscina de la Vivienda Viviani.

Comprando en el mercado
Así que como no podía ser de otra manera, nos pasamos un buen rato chapoteando y refrescándonos en la piscina, ya estábamos como en casa y no nos podíamos imaginar otro alojamiento en esta ciudad.

A la hora de la cena no íbamos a innovar, así que bajamos al centro comercial para cenar en la terracita de siempre, junto al mar y viendo como rompían las olas, no podía ser mejor despedida de la isla...o sí. A la hora de pagar llegó la sorpresa, no les funcionaba el datáfono y a estas alturas íbamos más que pelados de efectivo, así que ningún problema, plan B, estábamos en un centro comercial con cajero automático, así que fuimos a sacar  dinero y surgió el siguiente problema, el cajero se había tragado la tarjeta de la mujer que estaba delante y aunque ella nos animaba a meter la nuestra, no nos pareció el mejor plan. Finalmente otro hombre lo intentó y más de lo mismo...así que entró en acción el plan C. El camarero nos dijo que subiendo unas escaleras frente al recinto, había una zona con otro cajero, era de noche, en una ciudad donde no se cansan de decirte que como turista te muevas en taxi, pues bien, Quim decidió que era más chulo que un ocho y un rato después volvió con el dinero y con una sudada del quince, porque en lugar de ir en taxi decidió que era mejor subir las escaleras corriendo y así eludir el peligro, sin comentarios.

Faro de María Pía
Con la anécdota del día, nos fuimos a dormir ya que al día siguiente nos esperaba una larga vuelta a casa.

Desayuno como Dios manda en Vivienda Viviani donde su mujer había pedido un taxi para que nos recogiese a las 9h para nosotros. Esta vez sí llegó puntual, nos despedimos con todo el cariño de Viviani y rumbo al aeropuerto. En el aeródromo hay chavales que vienen rápidamente para ayudarte a bajar las maletas y así ganarse unas monedas, el problema es que hubo demasiado ímpetu y al abrir el maletero se cargaron un embellecedor del coche, el taxista con un enfado monumental y nosotros en plena bronca decidimos coger las cosas y poner rumbo a facturación.

Barcas de los pescadores
La terminal era un caos, nada más entrar una cola eterna y con cara de susto fuimos a descubrir si era la nuestra, por suerte no lo era y nos plantamos frente a los mostradores casi sin esperar. Siguiente trámite, control de pasaportes tras el cual Quim se dio cuenta que no nos habían dado el resguardo del carro, así que le tocó volver a por él...tras nuestra experiencia en Marruecos donde nos perdieron el carro precisamente por no poner resguardo, ya estábamos escarmentados.

Caballo en un mini parque de atracciones
La zona de embarque también estaba saturadísima, casi no había sitio y la gente se sentaba por el suelo o donde podía. Éric se empeñó en que quería unas patatas de la máquina, pero ¡Oh problema!, seguíamos sin efectivo, solo euros, así que tras un periplo por las tiendas sin cambio, por el restaurante, etc, un alma cándida nos dijo que junto a la máquina solía haber una mujer que cambiaba. ¡Y bingo! ahí estaba, por fin conseguimos las preciadas patatas.

La piscina de Vivienda Viviani
El ritmo lento continuó y tras llamar al embarque aun tardaron un montón en atender y luego en el avión nos tuvieron bastante rato esperando y aun tuvimos suerte, el embarque anterior llevaba cerca de una hora en el avión y se quedaron allí cuando despegamos.

Con una hora de retraso llegamos a Lisboa. Suelo europeo, pero eso no significa que todo sea más sencillo, jeje. Para hacer el transfer hay unas máquinas automáticas, pero ojo si vas con niños no valen, prefieren que en ese caso las familias con críos hagan una larga y lenta cola, para que cuando lleguen al control los policías tengan que aguantar unas caras de lo más alegres. Cuando por fin nos tocó a nosotros, se lo dijimos al policía y él nos contó que desde la crisis están así, que es una vergüenza y que no hay manera de que pongan más gente...un único policía para atender a todos.

Plátanos y más plátanos
Llegamos a la puerta de embarque y de nuevo todo se tuerce, no había llegado el avión, otro retraso, así que con toda la paciencia que teníamos, Quim y Éric fueron a buscar algo de cena, por suerte se les olvidó y no nos cobraron los 4 eurazos que costaba una botellita de agua...¡como se les va la olla!

Vista de la playa desde Plató
Por fin comenzó el embarque, pasan los primeros pasajeros y de nuevo les hacen salir, momentos de desconcierto y al rato anunciaron el cambio de puerta....en la otra punta del aeropuerto. La gente ya se reía, de esas veces que es mejor reírse que montar un pollo. Al rato conseguimos llegar y ¡oh sorpresa! más retraso en el embarque y para colmo se pusieron en plan borde, un solo bulto por persona, con la gente tan enfadada parecía que les apetecía seguir tocando las narices...nosotros nos escaqueamos pasando detrás de la azafata mientras revisaba a otros y conseguimos subir al avión. Eso sí, asientos separados cosa que tampoco entendimos porque había sitio más que de sobra, qué más nos podía pasar...
Quim volviendo de su excursión para sacar dinero

Éric se durmió reventado de tanto ajetreo y una azafata nos obligó a despertarle para ponerle el cinturón para aterrizar. Tenía razón con el cinturón, pero la verdad es que a veces no te lo ponen nada fácil. Le sentamos y el pobre ni se despertó.

¿Y qué más nos podía pasar? Pues que llegues a Barcelona tarde, cansados, con retraso y cargando con un niño dormido de 18 kg y que ¡te hayan perdido el carro!...sí, otra vez. Resignados y cabreados fuimos con el resto del equipaje a por un taxi, donde de nuevo una cola enorme (se acabaron las preferencias por ir con niños). Pero por fin, llegamos a casa.

Nos vamos :(
La vuelta un caos, pero la verdad es que nos quedamos con todo lo bueno que nos ha dado este viaje. En general una experiencia genial y un país muy recomendable. ¡Ahora toca pensar en nuestro próximo destino!

martes, 9 de enero de 2018

Ávila. Castañar de El Tiemblo, en otoño visita obligada.

Aprovechando las vacaciones de Navidad, nos acercamos al pueblo de El Tiemblo para visitar un castañar que hay muy conocido.

El Castañar se encuentra a unos 8 kilómetros del pueblo, al final del post os dejaremos la ubicación, los últimos 2 kilómetros aproximadamente transcurren por una pista de tierra que nos llevará hasta un aparcamiento donde dejar el vehículo y al lado hay unas mesas para hacer picnic, existen barbacoas, pero por razones obvias está prohibido utilizarlas.

Comienzo del camino
Si vais en temporada de castañas entre octubre y diciembre, ¡al loro! os cobrarán por subir. En la web del ayuntamiento de El Tiemblo no pone nada al respecto, pero los padres de Elena nos dijeron que cobran por coche y persona. El destino del dinero según un artículo en el Diario de Ávila es para las personas que trabajan durante ese periodo de recaudación, si sobra no sabemos el destino.

Siguiendo el recorrido
El cobro es por coche 6€ y por persona 2€, si no queréis pagar por el coche, se puede dejar en el pueblo, hay un servicio de autobús que hace el trayecto por esos 2€ que pagas y te deja en el aparcamiento. También cobran si subes en bicicleta, moto, quad, no hay escapatoria. Por lo que hemos visto esta medida no es muy popular, existen otros lugares que se masifican en el que regulan el acceso de otra manera, sin sacarte la pasta.

El lugar es mágico

LA RUTA

Fuimos en Enero y entre semana no había casi nadie, por lo que pudimos disfrutar del entorno con absoluta tranquilidad.

Quim haciendo el cabra
El trayecto comienza cruzando unas maderas que hacen de pequeño puente dejando el merendero a la derecha donde empieza una ascensión suave entre castaños, para ir con niños la ruta es ideal, además hay castaños que sus troncos tienen formas muy peculiares que les llamarán la atención, apenas quedan algunas castañas por el suelo nada aprovechables por estas fechas.

El abuelo
A medida que vamos avanzando el tiempo mejora y las nubes van dejando que los rayos del sol nos ofrezcan una luz espectacular en el bosque bañado de hojas secas, poco a poco llegamos hasta el refugio de Majalavilla, es libre así que respetando las normas básicas se puede pernoctar. Antes de entrar hay un cartel explicándolas.

Un pino entre castaños
Desde aquí se puede llegar hasta un castaño monumental que se encuentra a 100m, "El abuelo" tiene más de 500 años y para protegerlo hay un cercado para que la gente no se suba a él y lo deteriore todavía más. Un poco más abajo nos acercamos a otro que también tenía pinta de tener bastantes años.
Otro castaño centenario
Volvimos sobre nuestros pasos hasta el refugio y dejando este a nuestra izquierda comenzamos la vuelta hasta el aparcamiento, fue una mañana divertida y disfrutamos mucho de este espectacular entorno.



martes, 2 de enero de 2018

Santander. Península de la Magdalena.

En nuestro accidentado viaje a Santander no pudimos ver muchas cosas debido a la lluvia, enfermedades, así que fuimos haciendo escapadas.

La península Magdalena la visitamos dos veces una Éric y Quim ya que Elena estaba con fiebre y otra día fuimos con ella para que lo conociera ya que merece mucho la pena visitarla.

Pedazo Arcoíris
Nosotros fuimos en coche, hay una zona de aparcamiento al lado de la playa del camello y desde aquí andando se llega en cinco minutos a la entrada de la península.

Lo recomendable es hacer una primera toma de contacto subidos al tren turístico que recorre la península, está justo en la entrada y es muy económico, se llama…. “El Magdaleno”. Es el típico tren de gasoil que arrastra dos vagones y a Éric ya le vale, contentísimo de subir.

El Magdaleno haciendo su ruta
A medida que realizamos la pequeña ruta, hay una locución que explica los diferentes sitios que vamos recorriendo, contando una breve historia sobre cada lugar.

Nada más comenzar hay un terreno bastante grande donde se juegan competiciones de Polo bastante importantes, para luego pasar por las caballerizas reales hoy convertido en alojamiento, al lado hay una zona de juegos para los niños que Éric no pudo probar porque o bien estaba mojado o llovía. 

A la búsqueda del charco ideal
También se encuentra la playa de los Bikinis, ya que aquí las estudiantes extrajeras que venían a los cursos de verano en la universidad los utilizaron por primera vez en el país y en esa época que no estaban acostumbrados a ver tanta chicha se alborotaron. 

El Faro en la isla de Mouro
Poco a poco nos acercamos al Palacio, pero antes muy cerca de la península se encuentra la isla de Mouro en la que solo hay un faro, seguro que con temporal es impresionante ver como chocan las olas contra ella.

Playa de los Bikinis
En seguida llegamos al Palacio, que es la construcción que corona la península, este era la sede de verano del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia, esto atrajo a la burguesía y aristocracia a Santander, en 1933 el edificio se convirtió en sede de la Universidad de verano de Santander, que hoy lo gestiona la Universidad Internacional Menéndez Pelayo que realiza los prestigiosos cursos de verano.

Palacio de la Magdalena
Comenzamos el descenso desde el Palacio hasta el museo al aire libre “El hombre y el mar” que hace homenaje al marino Vital Alvar, hay tres galeones que utilizó para realizar una travesía por el Océano Atlántico y una réplica de una balsa con la que cruzó el Pacífico en 1970, el viaje más largo de la historia en una embarcación tan frágil, la vela que llevaba la pintó el mismísimo Salvador Dalí.

La gran zona de juegos
La ruta acaba en un pequeño parque marino, en el que hay algunos pingüinos, focas y leones marinos, que se pueden observar gratuitamente.


Nos volvemos junto a Elena para contarle nuestra aventura para otro día volver con ella y realizar de nuevo el recorrido en el Magdaleno y dar un paseo por la península tranquilamente, ese otro día pudimos disfrutar algo más, pero la lluvia nos acabó echando.
Faro de Cabo Mayor